Notas tomadas en la charla dada por la psicóloga del Hospital Gómez Ulla de Madrid, Rocío, en el Hospital Gregorio Marañón el 25 de Abril de 2016 sobre como afrontar las emociones tras el diagnóstico de EM

El camino hasta llegar al diagnóstico puede ser muy largo y suele estar lleno de incomprensión por parte de los que nos rodean e incluso del personal médico. Nadie entiende lo que nos pasa y, a veces, nos acusan de inventarnos cosas o de ser flojitos. Es una etapa de incomprensión dolor y soledad. Muchos pacientes dicen que la llegada del diagnóstico fue una liberación y un alivio; no se inventaban cosas y lo que les pasaba tenía un nombre, era conocido.

Pero la EM es una enfermedad grave, crónica y degenerativa. Después de ese primer posible alivio de tener un diagnóstico solemos caer una etapa de rabia y enfado: ¿por qué yo?, mi mundo ya no es ni será el de antes, tengo miedo, esto me supera, ya no tengo ilusión por nada. Es muy habitual la actitud “sé lo que tengo pero no me pidas que lo acepte” y los sentimientos de “no quiero ser una carga para mi familia, no quiero ser una molestia”.

Nuestros allegados en esta etapa nos ven deprimidos y raros y suelen, con la mejor intención, presionarnos (y mucho) para que aceptemos lo que nos pasa y dejemos de ser “negativos”. Y presionan para que lo hagamos inmediatamente, no quieren vernos así, pero no nos dejan un tiempo para interiorizar nuestro dolor. Solemos empezar a tener sentimientos de rencor ante el desconocimiento ajeno sobre la enfermedad y como estamos, y la soledad que todo esto provoca.

Y ¿que podemos hacer en este punto?. Rocío nos dio unas pautas que es recomendable seguir:

Acoger el dolor: es necesario un tiempo para escuchar nuestro dolor , dar espacio a nuestras emociones. No se trata de que estemos entrando en una depresión, sino de aceptar que estamos “jorobados” y que duele, duele mucho.

Experimentar nuestra emociones: experimentar la ira, la rabia, la tristeza, el no saber que pasará mañana …, sin reprimirlo. Permitirnos un tiempo de caer, derrumbarnos ¡somos humanos!. Es bueno concedernos el derecho a llorar, gritar y maldecir. Es una etapa  en la que se pasa mal y  nuestro entorno nos presiona mucho porque no quiere vernos así; pero permite canalizar nuestras emociones, aliviar el malestar y prevenir trastornos psicosomáticos que puede provocar el trauma si tratamos de esconder e ignorar nuestras emociones. El llanto NO es un signo de debilidad o de depresión, ayuda a elaborar lo que nos está pasando y es necesario para llegar a una aceptación.

Mirar nuestra vulnerabilidad: analizarla con el máximo cuidado y comprensión hacia nosotros mismos. No obligarnos a ser fuertes ya mismo, eso nos provocaría enfado con nosotros mismos por no conseguirlo. Concedámonos el derecho a ser vulnerables.

Permitirnos estar como estamos: solo cada uno de nosotros sabe como está en esta etapa y lo que está sintiendo. No debemos sentirnos presionados por los “consejos” que todos nos dan, es muy fácil dar consejos desde fuera.

Identificar lo que la EM NO se ha llevado: lo que no nos ha quitado y no vamos a permitir que nos quite. Puede ser el cariño de nuestra familia, la ilusión por leer o cocinar, el poder disfrutar de un atardecer en el campo … aquellas cosas que nos gustaban y aún podemos seguir disfrutando; la vida no se ha acabado, nos quedan muchas cosas.

Estas etapas, que llevan a una aceptación de nuestra enfermedad y de las dudas que provoca, llevan un tiempo que depende mucho de cada persona. Y a lo largo de ellas no es una deshonra pedir ayuda psicológica, en muchos casos en muy necesaria. Todos sabemos que no es nada fácil acceder a un psicólogo clínico en la Seguridad Social, pero si tienes oportunidad pide acceder a su consulta, entre otras sus labores son:

  • Ofrecer seguridad y soporte al enfermo
  • Proporcionar un espacio donde experimentar el dolor
  • Ayudar a acoger ese dolor
  • Dar estrategias y herramientas de trabajo personal para abordar todo ese mundo interior de nuestras emociones
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